domingo, 3 de agosto de 2008

DEL PLACER, A PESAR DE TODO...





Esa tarde gaviotas invisibles mataban palomas en la plaza. Llevábamos tanta cerveza en el cuerpo que nuestras siluetas aparecían enmarcadas en un aura amarillenta. El tipo de la barra es un dandy anacrónico: Pelo canoso, tupé perfecto, camisa a rayas de cuello blanco, corbata azul, puños inmaculados, modales exquisitos. El bar es de barrio: Losetas blancas, almanaques-tetas, taburetes cojos, barra abollada, clientela abollada. Un boxeador sonado reta a hostias a un tipo canijo que bebe dyc en vaso de caña. Dos polacas lesbianas se acarician en una mesa al fondo. Un chino juega a meter euros en una máquina. Maldice en mandarín, cambia pasta continuamente. El dandy-barman le sonríe. Es un buen cliente, nos dice. Corrige el nudo de su corbata. Un grandullón negro entra en el bar, enseña unos enormes dientes blancos. Vende películas y compramos algunas. Pedimos más cerveza. En la barra un Manhatan de botellines vacíos. La conversación es absurda. Tratamos de enumerar las razones por las que, a pesar de todo, creemos seguir vivos.
- Mi hígado es de titanio
- A mí me protege dios, en serio, me protege dios
Se hace de noche y llega más fauna. Una chica morena, treintaytantos, lleva sobre su espalda una bombona de oxígeno. Fuma ducados y bebe coñac. Acaba de ver Casablanca y nos la cuenta y llora mientras un sordo pitido sale de su pecho. Andrés, el que bebe ginebra a palo seco, se va a morir. Es un ángel cobrizo de risa potente. Mi amigo le ha regalado un televisor y un par de películas de vídeo. Las ve continuamente. Se sabe los textos. Nos representa una escena de El Halcón Maltés. Pone cara Bogart. Como este morirá de cáncer. No parece importarle demasiado. Apura la copa de un trago. Entonces pedimos más cerveza. Mi amigo la alterna con tragos de anís seco. La noche está rumbera. Suenan los chichos desde un viejo radiocasete. Nos marcamos unos pasos de baile. La borrachera se estanca. Por más que bebemos nuestro estado-nirvana permanece. Dios bendice a los santos que se refugian en los bares, es infinita su compasión. Aparece una guitarra y es un senegalés con raftas quien nos ofrece su repertorio. Cantamos confusamente algo confuso. Yo interpreto algunas de mis canciones. Algo toca mi culo. Me vuelvo y me sonríe un tipo blando teñido de rubio. Aparto su mano, le invito a una cerveza. Susurra en mi oído algo que no entiendo. Cuando salimos a la calle nos sacude una hostia de calor. Desde ese concreto punto uno puede imaginarse el mar. Si miras desde arriba y pierdes la mirada en el horizonte crees que existe un mar allá abajo. No es cierto, solo hay asfalto y tipos locos y putas y sonrisas o lamentos y borrachos vomitando en las esquinas y santas madres llorando por hijos yonkis y gente asustada, acojonada por la vida, lamiendo culos, soportando el tedio infinito, la fragilidad de su organismo, mirándose, analizándose, revolcándose en el miedo como cerdos en el fango.
Ronda tras ronda la vida se difumina. Sacerdotes de uñas sucias y mandiles mugrientos ofician sus rituales. Poco a poco, lentamente, caemos. Nuestros culos resbalan en los bancos de la plaza. Alguien maldice en una lengua blanda y de goma. La luna se entretiene: saca destellos grises de la hoja de un cuchillo. Madrid es una bola oscura girando en el estómago de un gigante. Meamos. Dormimos. Nada es suficientemente ácido.

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