miércoles, 25 de junio de 2008

El maldito niño fiambre


Yo andaba, de niño, entre hostias. Era gordo. Un maldito niño gordo, un mierda, un rezagado del potro, un jirón de grasa de dios. Yo era, creedme, un niño suicida, un arcón de mortadela, el maldito niño fiambre.
En aquel tiempo llevaba cicatrices en las orejas y las palmas de las manos enrojecidas. Cosas de curas. Entonces yo era tímido, apocado, ceniciento, raro.
Pero Spiderman, así sucedió, me habló una noche. Y fue aquello una revelación.
- El sarcasmo, gordo – masculló entre dientes mientras le atizaba un mamporro a Magneto – ese es el secreto.
- ¿Qué coño es el sarcasmo, maestro? – le pregunté con ojos tiernos –
- ¡Pluff, Crash, Oufff! – El hermano cabrón de la ironía, niño.
Dimos unas cuantas clases nocturnas. Él se acomodaba en el techo y lanzaba telarañas a los mosquitos (maldito verano sureño). Yo, embobado, recogía datos y lo anotaba todo en mi libreta de dos rayas. Frases rehechas, retruécanos, juegos de palabras, conversaciones sangrientas.
Luego Spiderman se hizo de colores y perdió la magia y se marchó a Detroit con una puta de Harlem. Pero supe que remover la mierda de los demás era cojonudo, ponerle delante de sus narices su miseria era algo fantástico. Genial reírse de la puta vida.
Luego comencé a leer a Boukowsky, a Camus, a Sartre. ¡Oh dios, qué wonderful! El repertorio se ampliaba. El mundo era un enorme y pretencioso saco de estiercol. Gente idiota, palabras-dardos. Nada interesante.
Por supuesto crecí cagándome en el mundo y viceversa.
Y nunca lamí culos ni juré en vano.
Ni jamás ningún dios pudo contra mi bendita nada.
Dos divorcios, un embargo, incalculables litros de alcohol y cien mudanzas asesinas forman parte de mi currículo.
Ahora cocino, esnifo tardes lentas y cadenciosas, soporto taquicardias y alineo perfectamente mis zapatos en la alfombra antes de acostarme.
Releo a mi amigo Henry Chinaski. ¿Sabéis? Murió sin enterarse de nada.
A mí va a pasarme lo mismo.

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